"¿No me va a hacer usted ninguna prueba?"
Los pacientes confían mucho en las pruebas diagnósticas. Los médicos también, pero esa confianza en muchas ocasiones es inmerecida. Veamos.
Cuando se va al médico contando unos síntomas, si este conoce su profesión y dispone de tiempo suficiente, no pasará del síntoma a la receta, sino que mientras escucha irá generando una o varias hipótesis de diagnósticos posibles; luego, en el reconocimiento o exploración, buscará signos que apoyen o descarten algunas de las hipótesis que generó, y finalmente pedirá las pruebas necesarias para confirmar o descartar las hipótesis definitivas.
Pero las pruebas, además de ser a veces dolorosas, no son infalibles; tienen lo que se llama “sensibilidad” o capacidad de dar positivas cuando la enfermedad existe, y “especificidad”, o capacidad de dar negativas cuando la enfermedad no existe, y estas cualidades nunca son del 100 %; así en todas las pruebas hay “falsos positivos”, o sea casos que dan positivo pero que no tienen la enfermedad, y “falsos negativos”, es decir casos en los que la prueba sale negativa aunque estén enfermos. De esta manera, en el mejor de los casos, las pruebas ni confirman ni descartan definitivamente, sino que simplemente aumentan o disminuyen la probabilidad de que la enfermedad buscada exista o no con respecto a la situación previa al análisis.
Para más complicación muchas pruebas son positivas o negativas según pongamos el "punto de corte" entre normal y anormal. Diagnosticamos de diabetes a quien tenga la glucosa en ayunas en sangre por encima de 100 mg %? De 105 %? De 110 %? En algunas ocasiones no es fácil colocar ese punto de corte, del que puede depender que algunos diagnosticos sean positivos o negativos, y hay zonas de penumbra para tomar decisiones de tratamiento.Hay otro problema más con las pruebas. A veces detectan lo que se llama “incidentalomas”, o sea hallazgos casuales que no tienen nada que ver con el motivo por el que fueron solicitadas. Un estudio demostró que de cada 1000 personas aparentemente sanas a las que se les haga una resonancia cerebral, en al menos tres se encontrarán problemas serios que no siempre será útil haber detectado precozmente, porque no todo tiene arreglo en medicina, y a veces el tratamiento –en enfermedades oncológicas en particular- es un proceso largo y doloroso del que no siempre se sale mejor librado por haber entrado en él unos pocos meses antes.





Un lenguaje propio da mucho lustre, hace pensar que se tienen más conocimientos de los que en realidad se tienen y mantiene a la plebe, o a los “extraños”, a distancia. El mal uso de un lenguaje propio puede llevar a la xenofobia y a la exclusión de minorías, como bien sabemos.
Decía un Profesor mío de la facultad, algo cínico, que la carrera de medicina consiste esencialmente en el aprendizaje de un nuevo idioma, de unas 2000-3000 palabras, algo más que el inglés del Dr. Maurel; "Lo demás, si acaso -decía-, se aprende después", y no le faltaba razón.









con Borrasca se te estremecen las carnes con los truenos y relámpagos,














Es pura curiosidad, aunque reconozco que en algunos nombres encuentro cierto morbo, y eso me intriga más...






