martes, 30 de diciembre de 2008

El Rayo Verde existe

El rayo verde es un fenómeno físico debido a que al ponerse en sol, su último rayo sufre el fenómeno de la refracción cuando atraviesa las capas de distinta temperatura de la atmósfera, que actúa como un prisma, dividiendo la luz blanca de ese último rayo en los siete colores primigenios del arco iris.
De ellos, el último que tiene energía suficiente para estimular nuestra retina es el verde, más raramente el azul, con lo que la puesta del sol finaliza con un rápido destello de uno de estos colores.

Es más fácil verlo cuando el ocaso ocurre sobre una superficie plana, mejor si es el mar. El día ha de ser muy transparente, y por ello los días más adecuados son días fríos , de invierno.

Por su indudable belleza se ha asociado a efectos mágicos. Según la novela de Julio Verne, y la película de Eric Rhomer, si una pareja lo contempla, queda enamorada y unida para siempre, pero en este blog no creemos en esas cosas.

El otro día subimos a buscarlo. El día era perfecto, el horizonte no tanto, el instrumento de filmación manifiestamente mejorable.

video
¿Estuvo allí?

sábado, 27 de diciembre de 2008

Kedada

Haciendo uso de la libertad condicional que me ha concedido Antonio / Pierdo peso con él, aviso de que mañana, domingo 28, a eso de las 14 horas, estaré en la barra del Restaurante "El Paraíso", de Almendralejo, Badajoz, España.


Si alguien se llega, sabed que la primera ronda la pago yo.


Para ser reconocido por quienes no me conocen, llevaré un ejemplar reciente de "Le Canard Enchainé" sujeto bajo el sobaco izquierdo, así, como quien no quiere la cosa.


miércoles, 24 de diciembre de 2008

De las Saturnales y otras Fiestas y Ritos

Como hemos dicho muchas veces, nuestro cerebro es la base y el sustrato de todo “lo nuestro”. Konrad Lorenz, el etólogo austriaco laureado con el Nóbel de medicina, desarrolló la teoría del imprinting, o la impronta: el cerebro de los animales aprende en primer lugar y con facilidad lo que está diseñado para aprender. Si un pato al salir del huevo ve algo moverse, algo que prácticamente siempre es su madre, adopta a ese algo como madre, lo sigue y espera todo de él. Konrad hubo de ahijar a la gansa Martina porque en esos minutos decisivos en los que se crea la impronta fue a Don Konrad lo que vio, y ya quedó establecido como referente materno: solo a él seguía, y solo de él esperaba cuidado y alimento.



Las patos son animales tremendamente rituales. Lorenz cuenta la siguiente anécdota: todas las tardes salía con Martina a pasear; al volver a casa la gansa había adoptado el ritual de dar un ceremonioso paseo circular en el zaguán antes de subir la escalera hacia las habitaciones, situadas en un piso superior; una noche, mientras volvían del paseo, se desencadenó una tormenta, llegaron corriendo y calados, y ambos se lanzaron escaleras arriba buscando toallas y calor. A la hora de dormir no había quien calmara a Martina, que no paraba en su cajón, totalmente inquieta; finalmente Konrad abrió la puerta de la habitación y vio como la gansa bajaba la escalera, llegaba al zaguán, daba ostentosamente su cotidiano paseo circular, y subía de nuevo para dormir, ahora tranquila.




Rituales diversos.










Ceremonias de apareamiento.

Los rituales conforman el esquema de nuestra vida, aunque no lo percibamos, y esto lo compartimos con otros muchos compañeros animales en este mundo. Rituales para nacer, para crecer, para madurar, para reproducirnos, y diversos mojones colocados en el tiempo cíclico, como si quisiéramos con ellos huir del tiempo longitudinal que desgasta y envejece, y adoptar para nosotros el tiempo circular que repone y revive.


Apareamientos propiamente dichos.




Pero ese tiempo circular es en realidad un tiempo en círculo espiral, cada vez más cercano a su centro.

Los ritos, por otra parte, nos dan seguridad al afianzarnos en el carril que nos resulta conocido, y nos evitan aventuras y frustraciones. ¿Tienes algún ritual cuyo incumplimiento te impida dormir, o por el contrario te puedes mover libremente sin el andamiaje de los ritos? ¿No lo tienes? ¿Estás seguro?


FELIZ 2009

viernes, 19 de diciembre de 2008

Un Relato verídico para el Solsticio de Invierno

Los que seguís este blog sabéis que en él se lucha contra la superstición y la credulidad. Somos conscientes de que nuestro cerebro se deja engañar, a veces por sí mismo, y por eso hemos de estar en alerta permanente.

Como algunos sabéis, hace años yo vivía en Sevilla.


La calle Doña María Coronel es una hermosa calle centrica que une la plaza de San Pedro, o del Cristo de Burgos, con las de San Román y San Marcos trazando hacia el final una suave curva de ballesta, donde estaba mi casa.


Hacia la mitad de su longitud es cortada por la calle Gerona, que baja desde Santa Catalina, los Terceros y el Rinconcillo hacia San Juan de la Palma y hacia Feria. Son calles de cierto aire señorial, con pocos bares, -entonces ninguno-, y edificios-casonas de 3 o 4 plantas y grandes portalones.

Ahí donde veis el contenedor estaba aparcado mi SEAT 127 amarillo en la mañana del 25 de diciembre de 1978; mi hija y mi permiso de conducir tenían entonces once meses, y el coche apenas siete.


Hacia las nueve de esa mañana solitaria yo había bajado a mirar el nivel del aceite, porque íbamos a emprender inmediatamente un viaje que se me antojaba larguísimo, hasta Archena, en Murcia, para pasar unos días en casa de unos amigos; eran casi 600 km por las carreteras de entonces, que más que unir, separaban las ciudades.

Mientras estaba en plena faena, con la varilla en la mano, se me acercó por detrás un hombre, de entre treinta y cuarenta años, bien afeitado, peinado, y vestido con apenas un pantalón oscuro y una camisa blanca muy limpia, a pesar del frío de la mañana de diciembre. Con una voz tranquila y un poco tímida me pidió que le diera algún dinero para desayunar; llevé mi mano al bolsillo con la intención de darle unos duros, pero había dejado el monedero arriba, en casa. “Lo siento, no llevo nada encima”. “No te preocupes -dijo-, me hago cargo”, y siguió caminando calle abajo.

Antes de volver a la faena recordé que en el bolsillo de la camisa llevaba la cartera, en la que tenía billetes de quinientas y mil pesetas. “¿Porqué no? -me dije- jo, es Navidad”. Alcé la vista y vi al mendigo girar en ese momento a la derecha por la calle Gerona, corrí tras él llevando en la mano un billete de quinientas o mil, -no recuerdo-, recorrí los apenas 20 metros que me separaban de la esquina. Cuando llegué, la calle estaba completamente desierta.


Caminé hacía abajo, todos los portales estaban cerrados, no había nadie, no había bares, no había nada. Quienes conocen esa calle saben que no tiene casas donde habiten mendigos, y que no hay bocacalles hasta 100 metros más abajo, hasta Sor Ángela y la propia Dueñas. Aquel hombre había desaparecido.

Volví a mi tarea, terminé de comprobar el nivel de aceite, partimos e hicimos el viaje sin problemas, o sin más problema que al poco de llegar mi hija, mi Pelopina, que daba sus primeros pasos, vomitó toda la cena en la alfombra con la que nuestros anfitriones adornaban el salón. Volvimos a Sevilla sin incidencias. Durante aquellos días estuve un poco atónito, y hasta hoy le he dado mil vueltas a lo que ocurrió aquella mañana sin encontrar explicación. Han pasado treinta años, y era Navidad.


FELICES FIESTAS A TODOS