
Hay algunas cosas del 23 F totalmente inexplicadas, hasta el punto de parecer inexplicables: 1) Todo golpe de estado militar precisa de una “trama civil”, que significa financiación. 2) Todo golpe que se precie comienza matando a alguien –si está dispuesto a ser cruento-, y en cualquier caso prevé en sus primeros momentos el control de las comunicaciones, tanto de carreteras, trenes y aeropuertos, como de medios de comunicación –telefonía, prensa escrita, radio y televisión. 3) Todo golpe que se precie trata de hacerse con quien representa al Estado, para desactivarlo o para ponerlo a su favor. En cambio, recordemos cómo ocurrieron las cosas.

Tejero entra en el congreso y secuestra al ejecutivo y al legislativo. Da tiros al aire. Las cámaras y micrófonos siguen retransmitiendo, en el supuesto desconocimiento de los golpistas; uno de los periodistas que han hecho fotos consigue sacar el carrete a la calle. Las tropas golpistas intervienen Radio Nacional –que emite marchas militares- y TVE –no había otra- que emite dibujitos. Nada se dice del control de aeropuertos y otras vías de comunicación. Entretanto, comienzan a aparecer ediciones especiales de los diarios nacionales con buenas fotos y proclamas de defensa de la democracia, tras las cuales, vista la reacción que tiene el pueblo, tampoco hay “trama civil” alguna.

La emisora privada de mayor difusión saca sus equipos móviles a la calle sin la menor oposición ni dificultad, y uno de sus entonces locutores más famosos –José María García, “el butano”, periodista deportivo- subido en el capó de un SEAT 850 aparcado junto al congreso, va retransmitiendo la cosa, como si de un espectáculo deportivo se tratase; ningún militar sublevado acude a partirle la cara y el micrófono. El va –dale que te pego, con su verbo aturrullado- contando quién entra, quién sale, quién viene, quién va... por él sabemos que, en Valencia, Milán del Bosch ha hecho una proclama plagiando el bando del caudillo de 1936, y ha sacado los carros de combate a la calle, y que en otras comandancias los generales están dubitativos sobre si hacen lo propio. Unas horas de incertidumbre, Armada va y viene, sube y baja, pacta, todos pensamos que en nombre de Su Majestad –al que hasta ese momento suponemos tan tranquilo en su despacho pensando qué hacer, sin tropas asediándolo ni nada de nada...-, y después de esas horas aparece en la TVE, con un formato de emisión de campaña, para el que no nos consta que haya el menor motivo, y da órdenes de parar la cosa. No me digan que no suena todo a pura pantomima.


A la hora de establecer responsabilidades aparece claramente una pregunta con respuesta “Qui prodest?”; ¿A quién beneficia? La incipiente democracia en España en 1981 estaba bien en el aire, por las presiones de la extrema derecha, por el desencanto de la izquierda con la llamada transición pacífica que partió de la “reforma”, por la presencia de un Jefe del Estado impuesto, visto como heredero y albacea del franquismo, por la incapacidad de Suárez y su UCD para controlar la cosa. Tras el 23 F la democracia se consolida –con claro beneficio para occidente-, la extrema derecha y la izquierda se acojonan y moderan enormemente sus posturas –se aproxima la OTAN-, y sobre todo, sobre todo: el Jefe del Estado se presenta como el salvador de la democracia y se gana el puesto, para los restos.

Para mí, está claro: los servicios secretos, con el probable apoyo de la CIA –esto explica la falta de trama civil, o financiación externa, más allá del oscuro García Carrés-, diseñan un golpe falso en el que algunas cosas han de ser verdaderas. El Rey “es” internamente el promotor del golpe, y de eso están firmemente convencidos Armada, Milán del Bosch y todos los generales pre-implicados. Muy probablemente Armada, con una estrecha relación personal con el monarca, lo había hablado con él y se han comprometido mutuamente. Todo va saliendo según el guión, con algunos desajustes que pusieron la operación en peligro. Tejero llega y cumple su cometido, se va permitiendo como he explicado más arriba, que el pueblo español tome consciencia de “la gravedad” de lo que está ocurriendo, que sepa que las divisiones acorazadas tienen encendido el motor de los carros para marchar sobre Madrid, o sobre otras capitales –el pasmado Milán se extralimita, se emborracha de patriotismo, y saca bando y tanques sin esperar más, Merry Gordon en Sevilla no puede hacer lo propio con su División Guzmán el Bueno porque está completamente ebrio –no de patriotismo como Mián, ni de vodka como el del Yak, sino de whisky-; el guión decía “motores encendidos con mucho ruido, ni un paso”.
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Entretanto Armada se va descomponiendo; el Rey no lo llama, ni le permite ir a la Zarzuela, se le va cambiando la cara, va comprendiendo que el Borbón lo ha dejado con el culo al aire, y así se lo transmite a Milán y al resto de los conjurados; el propio Tejero, el más tonto de todos, no se lo puede creer, “Pero que cohone ehtá pashando aquí?” que diría nuestro sargento de cabecera... A eso de la una y media al Jefe del Estado le corresponde su parte de la representación: serio, engolado, mal actor como siempre, nos cuenta que ha dado órdenes de parar la cosa... Pero hombre de dios, ¿por qué tardaste tanto?


El resto ya es cosa sabida. Los picoletos se descuelgan por las ventanas y nadie los detiene, el pacto del capó, las caras felices –de héroes- de nuestros representantes políticos, el juicio sin elefante blanco...

Todo salió bien, aunque hubo algunos riesgos de que saliera mal –por culpa de los más belicosos, como siempre-. Lo último que salió bien fue la fidelidad y lealtad de Armada a su Jefe, propia de un militar de honor. Probablemente algún día recibió una llamada: “Gracias, Alfonso. Lo siento. Era necesario. Por la Patria. Todo por la Patria. Un abrazo.”

Todos los que teníamos uso de razón recordamos la tarde del 23 de febrero de 1981 y qué estábamos haciendo en aquellas horas. Es posible que aun alguien tenga piezas que no encajen en el puzzle desde esta interpretación.